En esta parte, Gonzalo Vial, revisa la tensa relación que le tocó vivir a Chile con el Perú, a partir de la asunción al poder –vía golpe de Estado- de las Fuerzas Armadas peruanas encabezadas por el general Juan Velasco Alvarado, más conocido como “Juan sin miedo”. Éste, continúo he incremento considerablemente las adquisiciones de equipamiento militar de última tecnología -en aquella época- iniciadas ya por el Gobierno civil anterior. El plan de Velasco era lograr una superioridad de equipamiento bélico respecto de Chile que le permitiera “vengar” la inapelable derrota que sufriera junto a su aliado –Bolivia- en la Guerra del Pacífico (1879) y recuperar los territorios cedidos voluntariamente a Chile mediante tratados internacionales –plenamente válidos y vigentes- antes del cumplimiento del centenario de esta guerra en 1979.
A continuación la transcripción de la parte del artículo en que se analiza el caso de Perú:
Al comenzar los años ’70, Chile y sus tres vecinos limítrofes: Bolivia, Perú y Argentina, vivían una relación difícil. Relación que –no necesaria pero sí posiblemente– desembocaría en una guerra con uno de ellos... o quizás con dos y aun (el peor escenario imaginable) con los tres.
Amenazaba así reeditarse la Guerra del Pacífico (1879/1884), pero no como “política ficción” sino como realidad tangible.
Más todavía, esta vez el conflicto incluiría en la alianza antichilena a un nuevo y formidable protagonista... Argentina, ajena al enfrentamiento anterior. Si se diera este escenario, ¿nos sería posible repetir el triunfo del Siglo XIX?
Veremos cada caso y la eventualidad de que se combinaran.
En octubre de 1968, Perú sufrió un golpe militar que depuso al Presidente Fernando Belaúnde. Lo remplazó una junta de uniformados, encabezada por el general Juan Velasco Alvarado, 59 años. No se trataba de un cuartelazo cualquiera. Los oficiales rebeldes eran, mayoritariamente, de modesto origen social; Velasco, v.gr., se jactaba de su ascendencia indígena. Habían sido formados en un “molde” común: el Centro de Altos Estudios Militares (CAEM), que databa de 1950. Este molde produjo el “Plan Inca”, que asociaba conceptos de muy distinto origen: 1. Suprema importancia de la “seguridad nacional”. 2. Necesidad de una eficaz “inteligencia”, para la seguridad nacional. 3. La seguridad nacional, como dependiente del “desarrollo”. 4. El desarrollo, vinculado a un modelo izquierdista muy extremo, que comprendía la nacionalización de las grandes empresas “imperialistas”, la reforma agraria, y en general el socialismo económico. Pero éste no sería centralizado, estilo soviético, sino más bien el imperante en la Yugoslavia de Tito.
Los oficiales del golpe peruano nunca fueron, como cuerpo, comunistas, ni admiradores de la U.R.S.S.: su alianza con ella (más adelante) sería circunstancial y táctica. Mayor identificación los unió a la Cuba Revolucionaria, mientras ésta mostró cierta independencia ante Moscú.
Políticamente, Alvarado y sus seguidores eran indigenistas, identificados con la grandeza del Imperio de los Incas. Su anhelo más profundo, su motor, fue restaurar la grandeza incaica. Ello exigía borrar y vengar la peor herida y afrenta histórica experimentada por el Perú y su Ejército: la derrota del 79 y consiguiente pérdida de territorios a manos de Chile. Buscaban la “revancha” de la Guerra del Pacífico.
Uno de los primeros actos de Velasco y su junta fue nacionalizar sin pago la petrolera estadounidense IPC, a la cual se imputaban acuerdos corruptos con el gobierno anterior.
Esta y otras movidas, en el mundo y clima de la Guerra Fría, alejaron al Perú de los Estados Unidos, y lo acercaron a la U.R.S.S. Los dos países establecieron relaciones diplomáticas (agosto de 1969), y junto con ellas fue instalada una oficina principal (“residencia”) de la KGB en Lima. Los documentos de la KGB –la cual, es cierto, era proclive a exagerar sus éxitos– se jactaban de manejar indirectamente la “inteligencia” peruana –el SIN, Servicio de Inteligencia Nacional– mediante la cooperación y la infiltración.
Para cumplir la parte militar del “proyecto país” que traían los militares revolucionarios, Velasco creó la Dirección de Asuntos Estratégicos (DIRAE), y la puso a cargo, como coordinador, del general José Graham. Se encomendó a la DIRAE planificar la segunda Guerra del Pacífico, con los objetivos siguientes:
-Recuperar Perú los territorios que fueran suyos y bolivianos, ahora en poder de Chile, y quedar posicionado para progresar hacia Santiago, según y cuando las circunstancias lo permitieran y aconsejaran.
-Rechazar un posible ataque ecuatoriano en la frontera norte.
La DIRAE emitió un memorándum reseñando la “idea general” del operativo, hacia marzo de 1971, y en mayo lo aprobó Velasco. Hubo a este fin una reunión con las autoridades y oficiales involucrados. Allí el jefe supremo de la revolución dijo que lo perseguido era “eliminar fronteras con Chile” y así vivir “tranquilos” y “seguros”. Todo debía mantenerse “estrictamente secreto” –aún dentro de las instituciones respectivas de los personajes convocados– para evitar cualquier “problema diplomático”.
El operativo mismo contemplaba un doble ataque simultáneo y blindado por el corredor de la costa, desde Chacalluta hasta Vitor –rebasando Arica–, y desde el altiplano al Valle de Azapa. Funciones de apoyo cumplirían las unidades navales, así como infantes de marina, paracaidistas, comandos y policías de asalto (para controlar el orden interno de Arica, una vez sobrepasada).
A la “reconquista” de Arica se vio de hecho acotada la planificación de la ofensiva peruana. Los objetivos ulteriores ya mencionados: Tarapacá, Atacama, etc., quedaron en la penumbra.
El equipamiento militar se hizo principalmente en la U.R.S.S., por las facilidades ofrecidas, que contrastaban con la desconfianza de los EE.UU. Los soviéticos, de su parte, desde 1970 hasta el golpe militar chileno, se vieron tironeados por dos sentimientos incompatibles: la tentación del negocio y de congraciarse con el Perú, de un lado, y del otro la circunstancia de que todo el armamento adquirido apuntaba, obviamente, contra Chile... país favorito de la U.R.S.S. y su Internacional; el Chile de Salvador Allende.
Pero nada de ello, a la conclusión, frenó la venta de armas soviéticas al Perú. Fueron adquiridos blindados (tanques y transportes), artillería, lanzacohetes, radares y baterías antiaéreas, municiones, aviones... Hasta 1973 iban mil millones de dólares, después se agregarían 600 ó 700 millones más. Vinieron arriba de 300 técnicos militares del Soviet, y un millar de peruanos viajó a la U.R.S.S. para entrenarse. Solamente Cuba excedería al Perú en armamento recibido de la U.R.S.S.
En 1973, el desequilibrio de equipo militar Perú/Chile, a favor del primero, resultaba aplastante. Tanques: los nuestros eran sólo 150 viejos Sherman norteamericanos; Perú, en cambio, totalizaba 300, inclusive 150 soviéticos T-54 y T-55, última generación, esperándose que llegara pronto una remesa adicional de éstos... 200 más. Aviones de guerra: los 24 cazas Mirage peruanos, superaban levemente en número a nuestros 20 Hawker Hunters. Mas Lima añadía igual número de bombarderos Canberra, cuyo radio de acción alcanzaba Santiago y Valparaíso. Y, se afirmaba, disponía o pronto dispondría de 50 cazabombarderos soviéticos SV-22.
No sabemos bien lo sucedido internamente en Perú y que, a la postre, significó que este vecino no nos atacase. Desde enero de 1973, sin embargo, operó al respecto un factor de incertidumbre imposible de calibrar. Velasco Alvarado sufrió una grave enfermedad, que lo mantuvo fuera del poder hasta mayo: corrió peligro de vida, debiendo amputársele una pierna. Al parecer, la dolencia lo afectó también síquicamente: se habría tornado indeciso, receloso y errático en sus decisiones. Se sucedieron así varias alarmas extremas... pero que no condujeron a nada. La historiadora Patricia Arancibia, autora de la mejor narración que se ha hecho de ellas (la serie “Chile-Perú, una década de tensión”, publicada por La Segunda en julio/agosto de 2007), detalla estas emergencias como sigue:
Junio de 1973: Perú concentra tanques, tropas y aviones y establece el control militar de los menores de 35 años (fase preparatoria para movilizar), cerca de la frontera común. Allende da cuenta de estos hechos al Consejo Superior de Seguridad Nacional (CONSUSENA), el día 19.
El acta del Consejo, con las palabras de Allende, genera la sospecha de que el Mandatario aprovechara y magnificara estos hechos –sin duda reales– para pasar dos “mensajes” suplementarios: la conveniencia de armarse en el “campo socialista” y aprovechando sus créditos; y el peligro para la seguridad exterior que representaba el clima interno “de enfrentamiento, de guerra civil”.
Parece claro, sin embargo, que la U.R.S.S. no hubiera permitido que con armas suyas se atacara al Chile de la UP y a Salvador Allende.
Septiembre de 1973. Nuestro golpe militar del 11 parecía una ocasión regalo del cielo para el ataque peruano. Quienes habían decidido aquel golpe sondearon la actitud del país vecino a través de la inteligencia brasileña, que a su vez fue movida –siguiendo instrucciones del almirante Merino– por el ex marino chileno Roberto Kelly. La respuesta fue que Perú no se movería, pero... ¿no hubiera sido la misma en cualquier caso?
El Alto Mando del Perú estaba ya reunido a las 10 A.M. del mismo 11 para decidir: ¿atacar o no de inmediato? Pesaron los rumores que corrían en Chile (falsos), de que el general Carlos Prats, favorable a Allende, avanzaba hacia Santiago encabezando fuerzas del Ejército. Esto, se dijeron los militares peruanos, significaba la guerra civil... todavía un mejor escenario para ellos. Decidieron esperar. Y la oportunidad dorada pasó, debido al rápido control de Chile por sus Fuerzas Armadas.
Agosto de 1975. El acercamiento chileno/boliviano (“abrazo de Charaña”, febrero de 1975, más arriba) llevó a que los militares belicistas del Perú se dijeran: “ahora o nunca”. Estimaban, además, que su planificación, preparación y armamento eran óptimos. Finalmente, prevalecieron sobre Alvarado, quien fijó el día y hora de la invasión: 6 de agosto, a las 6 horas. El Cuartel General Conjunto se instaló en Arequipa, el Comando General de Operaciones en Tacna, y el de Reserva en Moquegua. Mollendo y Matarani recibieron a la flota, y Arequipa a los paracaidistas. El satélite de la CIA informó que los tanques del Perú se hallaban en nuestra frontera...
Pero un sector de la oficialidad no creía oportuna la guerra, ni menos conducida por Velasco. Acaudillaba aquel sector nada menos que el Comandante en Jefe del Ejército, general Francisco Morales Bermúdez. Fue él quien desactivó la guerra, para luego destituir y reemplazar a Velasco como Presidente. Adujo la enfermedad de su antecesor, y la honda y muy efectiva crisis económica del país. (29 de agosto de 1975).
Morales no era amigo de Chile y sí, mucho, de Fidel Castro. Siguió en buenas relaciones con la U.R.S.S., y de hecho firmaría la última compra de armamento soviético... 600 o 700 millones de dólares. Pero no estaba por la guerra inmediata. Disminuyó de tal modo, mas no desapareció la tensión del Norte, y se mantuvo la incertidumbre de lo que harían, a la postre, los gobernantes militares del Perú.
¿Y nosotros? Ciertamente no habíamos estado mano sobre mano ante el peligro del norte... nunca, ni menos post 1973.
Más información:
"Chile-Perú una década de tensión 1979-1979" serie histórica escrita por Patricia Arancibia y publicada en el diario La Segunda. Enlace al foro Razón y Fuerza.
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